Dulces sueños, Gus, mi vida.
Desde que era pequeña he deseado tener un perro. No recuerdo desde cuándo, supongo que aproximadamente desde los tres años. Es decir, desde que tengo memoria y uso de la razón, desde cuando supe qué era un perro y descubrí que existían, desde entonces lo deseé con todas mis fuerzas. Me parecía que era lo mejor que se hubiera creado bajo el universo: un peluche, pero ojo, vivo, y lo más importante, un peluche que te quisiera a ti de vuelta, un amigo. Imposible que existiera en el mundo algo mejor. Nunca me gustaron las muñecas ni los bebés, nunca tuve una Barbie ni un Nenuco (porque no quise). Sólo me gustaban los peluches. Que digo yo que no entendía quién puede querer un juguete de plástico duro, teniendo algo peludo de felpa a lo que abrazar. Para mí la decisión estaba clara y era de una lógica aplastante fuera de toda duda, no entendía que nadie lo pudiera ver diferente. Un día le hice esta pregunta a mi madre, ya de adulta, “¿mamá, cuánto tiempo estuve pidiendo un perro?”. –“Yo qué sé, veinte años”- me contestó. Yo no pedía esas cosas que suelen pedir los niños, ir a Eurodisney, un móvil, un ordenador, un hermanito, ni ninguna otra cosa, yo siempre he querido lo mismo, año tras año: un perro. Pero la respuesta siempre era la misma, año tras año “cuando seas mayor y tengas tu propia casa ya tendrás perro”. “Los perros dan mucho trabajo”. “Bastante fauna y flora tengo ya en casa con tu hermano y contigo”. “Sí, claro, ¿y quién lo va a pasear luego y cuidarlo?”. –“Qué pregunta más absurda pues, yo, para eso lo quiero precisamente”. Mi hermano tampoco ayudaba a hacer presión. Nunca pidió un perro. Él era de plantas. Como mucho de pajaritos. Que digo yo que quién quiere una planta o un pajarito si no te puedes dormir abrazado a él. Así que nada que hacer. Bueno, nada que hacer de momento, que la cosa no se iba a quedar así que yo soy muy cabezota.


Por fin, después de desearlo más de un cuarto de siglo, fuimos a adoptar mi primer perro. Todos mis sueños por fin hechos realidad. Podría poner de banda sonora “At last” de Etta James para el momento. Recuerdo que primero fuimos a la perrera de Barcelona del Tibidabo. Había cotilleado por la web los que estaban en adopción y parecía que había un labrador, joven, súper educado y que estaba enseñado a andar a tu lado. Fuimos para allá a preguntar y nos miraron con cara de “ilusos”, ese perro ya no está, tardó menos de un día en ser adoptado. Así que nos dejaron solos ante el peligro, “dad una vuelta a ver qué os gustan”. Total, que a mí me daban pena todos y era incapaz de decidir. El sitio lo recuerdo como un poco tétrico y desangelado, jaulas y jaulas en la ladera de una montaña. Justo coincidimos con una chica que en ese momento estaba dejando su perro en adopción porque no podía hacerse cargo y estaba hecha un mar de lágrimas. Vimos uno de 8 o 9 años, pero Carlos me dijo que no íbamos a ganar para veterinarios con un perro mayor, que se iba a morir en pocos años y nos íbamos a llevar el disgusto del siglo en nada de tiempo. En fin, que me colapsé, no podía elegir y me tuvo que sacar de allí llorando a rastras. “Vamos a la perrera de Mataró”. Y allí fuimos. Nada que ver, ya el aspecto del sitio daba otra impresión. No nos dejaron solos ni nos hicieron ver jaulas a nosotros. Menos mal. “Qué buscáis”. Pues que sea joven, y a poder ser parecido a un Golden o labrador. “Tengo una mezcla parecido entre Golden y labrador, tiene un año y dos meses aproximadamente, y es muy bueno, le dan miedo los perros así que lo tenemos en la jaula con los pequeños”. No se hable más. Ese es el único que me enseñaron, y el que me quedé. Me acuerdo que, iba bastante acojonada. Qué responsabilidad. Los sueños que se hacen realidad siempre dan miedo. Me subí a la parte de atrás del coche con él. Antes de llevarlo a casa no llevamos a pasear a la playa. Para que disfrutara y nos asociara con algo bueno y no nos tuviera miedo. Estaba sucio a más no poder. Preguntamos en peluquerías de perros si podían lavarlo hoy mismo. Nos daba miedo que no le gustara el baño y si lo primero que hacíamos era bañarlo, nos asociara con algo desagradable así que preferíamos que lo lavaran en algún sitio. Recuerdo que nos daban cita para días después. Abortamos misión. No podíamos esperar ni un día, así que lo lavamos nosotros en la bañera. Esperábamos que no nos odiaras mucho por ello, y recordaras que éramos buena gente que te habíamos llevado a la playa. Tenemos fotos de tu primer baño. Recuerdo que te secamos encima de una toalla con rayas azules. Estabas tan gracioso. A mí todo lo que hacías me parecía una hazaña y no paraba de fotografiarte a todas horas. Mira se ha rascado una oreja. Mira ha bostezado. Mira está dormidito. Mira qué gracioso saliendo del baño. Encima de esa toalla de rayas te nos fuiste ayer. Tu toalla del baño durante todos estos años. Te envolvieron en ella y te metieron en la bolsa. Pero no quiero pensar ahora en eso. Eso ha sido 13 años después. Quiero volver a recordar mejor ese primer baño con tu toalla. Lo de ayer todavía no me lo puedo creer. No lo he asimilado. Cómo te vas a haber ido si siempre estabas conmigo en todos lados. Nada más abrir la puerta ahí estabas tú. Súper contento de verme, moviendo la cola, dando saltos de alegría. Como si yo fuera una gran persona merecedora de todo tu amor. Ahí estabas con tu aceptación incondicional a pesar de mis fallos. Estabas siempre que comíamos, viendo qué íbamos a compartir contigo, porque siempre comíamos juntos. Estabas siempre que estábamos trabajando, leyendo o viendo la tele, ahí a nuestro lado, en el sofá. Estabas siempre en la cocina, de pinche. Viendo de qué podías dar buena cuenta tú de lo que yo estaba cocinando. Estabas en la cama, durmiendo a nuestro lado. Estabas en todos sitios y tu amor lo llenaba todo. Volvamos a ese primer día juntos. Recuerdo que nada más entrar en casa, Carlos refunfuñó “este perro es muy grande para esta casa”. Le corté rápido “Más grande eres tú y cabes en la casa”. No le hagas ni caso, tardó poco en adorarte y tampoco podía vivir sin ti. Así tengo algo que echarle en cara y reírme de él: “¿ves? Yo tenía razón”. Esa primera noche pusimos en la entrada de la habitación una mantita en el suelo, desde la cama con la puerta abierta te veía. No quería que te sintieras solo, después de que era tu primer día con nosotros, en una casa extraña. Pero, aunque nos veías lloriqueabas, y acercamos la manta al lado de la cama. Y finalmente tardaste poco en acabar subido en la cama. Además, a quién quería engañar, si yo también lo estaba deseando. Desde entonces nos has acompañado a muchas camas, de muchos cuartos, de muchas casas de muchas ciudades diferentes. Mudanza tras mudanza. Siempre a nuestro lado. Recuerdo lo que te gustaba jugar a la pelota. No sólo que te tiraran la pelota y la trajeras, cosa que sabías hacer incansablemente, sino que además eras capaz de jugar con balones de fútbol, hacer caños y pasarte la pelota entre las piernas. Te volvías loco con las pelotas. No sé quién te había enseñado todo eso. Siempre que los niños de Carlos bajaban a jugar a la plaza a la pelota te llevaban contigo como un hermano más y eras tan feliz. Son tantos recuerdos. Casi 14 años de recuerdos. Toda la historia de mi vida adulta. La historia de mi relación con Carlos. Estás en todas partes. En las invitaciones de la boda. En los muñecos de la tarta nupcial tampoco podías faltar. Nos has acompañado siempre. Todos estos años. Hacía ya años que esperaba con miedo este momento. Que veía que te ibas haciendo mayor. Y me daba pavor. Siempre que estaba triste, ofuscada o ansiosa por algo, pensaba, mientras que Gus esté bien no hay motivo que lo merezca. Guso luso peluso. Qué de motes te hemos puesto. Gusíldur el heredero del trono de Gondor. Gusi pelusi. En realidad, te pusimos Gus por mi poeta preferido: Gustavo Adolfo Claudio y Bastida Becquer. Gus para los amigos. Aunque cuando te adoptamos te llamabas Cuco. El último ha sido Peter Gusin, porque como el actor tenías ya los pómulos tan marcados, demacrado por la edad y la enfermedad. Aún así para mí tu cara seguía siendo preciosa. Con esos ojos brillantes, y esos pelos suaves, tus bigotillos y tu naricilla. Tus orejas suaves. Nunca olvidaré esos ojos. Y ese cogote peludo que tantas veces he visto al abrazarte por detrás. Como me quedé abrazada ayer hasta el final. Te quiero mucho Gus. Eres el mejor perro que podía haber deseado tener. Has cumplido con creces todo lo que pude desear al desear un perro desde que tenía conciencia. Supongo que todo el mundo dice de su perro que es un perro muy especial y es el mejor perro del mundo. Pero en este caso doy fe que es verdad. No es solo amor de madre, todo el mundo te ha adorado siempre. Mucha gente me ha escrito ayer y lo ha sentido mucho. Esperamos haber estado a la altura de todo lo que te mereces. Gracias por tanto. Mi compañero de vida. La compañía que me has hecho siempre que no estaba Carlos. Puedo contar con los dedos de la mano las pocas semanas que no he pasado contigo. Mi estancia breve en Londres por el doctorado y alguna semana de vacaciones por algún viaje al extranjero. Poco más. El resto del tiempo has estado cada día, cada día, cada día ahí. Desde la mañana a la noche. Siempre le decía a Carlos, si alguna vez nos separamos el perro es mío, eh? Por lo demás no voy a discutir. Y sí, una vez nos separamos, pero volvimos a estar juntos gracias a ti, porque volvíamos a vernos para que tú tuvieras “régimen de visitas”. Me has dado mucho. Gracias a ti Valentina es una de mis mejores amigas. Gracias a ti Virginia tiene perro. Eres como un algodón de azúcar. Todo amor. Todo suavidad. Fiel, leal, incondicional, bueno.
Ahora está amaneciendo, estaba escribiendo esto de madrugada porque no podía dormir. Qué extraño que amanezca sin ti. El mundo sigue, sin darse cuenta de que sigue sin algo en él que lo hacía mejor mundo. Sigue sin alguien que para mí era mi mundo. Dulces sueños, Gus, mi vida.

00000